5.6.10

Yo creo en la magia


Congrí
120

“ Yo creo en la magia ” 

texto Fernanda Casas Berthier

Esta valiente afirmación de Aída ha causado tanto admiración como envidia –de la única que hay- en más de una ocasión. Quienes saben de la magia y se han dejado guiar por ella, frecuentemente saben de situaciones, personas y espíritus singulares. Mágicamente fue cómo Aída encontró, amó y despidió a su alma gemela, Congrí.

Pero el asunto mágico, tiene un amplio espectro. Si con Congrí, Aída supo de aquel amor que transita en miradas sin la necesidad de palabras, el amor se le presentó en paquete diferente justo a los 120 días de haber despedido al sublime amor que tanto valoró.

Una noche en la que pasó por una de las calles del centro de Xalapa, Aída se topó con  un ejemplar ciertamente mágico, pero digamos que más palpable. Maduro y tan serio que casi era adusto, con un muy masculino atractivo, este personaje cautivó de inmediato a mi amiga. La plática inicial fue sincera y directa. Probablemente Aída procuró disimular la atracción que sintió instantáneamente, pero finalmente no pudo evitar que sucediera lo que claramente quería, que esa noche que se cumplía 120 días de duelo, este varonil ejemplar durmiera en su cama.

La forma en que el invitado recorrió su casa a manera de reconocimiento militar, pendiente de cada uno de sus movimientos, provocó en Aída emoción de esa que empieza y termina en el estómago. Cuando la miró directamente a los ojos, ella supo claramente qué hacer y sin pensar demasiado, compartió nuevamente su espacio. Eran perfectos extraños que se reconocieron en una noche que resultó tan natural como satisfactoria.

A la mañana siguiente, el ahí recién nombrado 120, se comportó como todo un caballero, nunca demostró molestia o arrepentimiento, pero Aída supo de inmediato que aunque los 5 sentidos de 120 estaban aún entretenidos en su casa, él quería estar en algún otro lugar.

Finalmente se despidieron. Sin promesas ni reclamos de por medio, 120 se alejó. Aída, debutante en la experiencia de las aventuras de una noche, no supo cómo actuar. Este inesperado encuentro le dejó tantas dudas como placenteros recuerdos.¿En dónde y con quién dormiría?, ¿alguien lo habrá extrañado aquella noche?, ¿recibiría caricias cotidianamente?

Transcurridos algunos días, Aída no podía evitar pasar por aquella calle en dónde se dio el primer encuentro, como quien pasa por las iglesias y se persigna, esperando una bendición.

Pero 120 resultó mejor que cualquier santificado, tenía presencia en más de un recinto. Caminando por otra céntrica ruta, se dio el ansiado segundo encuentro. Tan satisfactorio como el primero y con el buen sabor de haber dado respuesta a la incógnita mayor, “¿le habrá gustado?”. Aunque la magia estuvo nuevamente presente y además ya había en el aire cierta familiaridad o por lo menos la certeza de la mutua disposición a seguir “conviviendo”, la historia de la silenciosa despedida, se repitió a la mañana siguiente.

Varios encuentros se han dado, incluso el portentoso ejemplar la ha visitado en su centro de trabajo, llamando la atención de todos. Los amigos de Aída, sabemos lo que 120 es y al conocerlo, no hemos podido más que entender por qué Aída lo busca en cada esquina.

Algunas investigaciones y muchas especulaciones, han permitido que Aída casi tenga la certeza de que 120 no tiene mayores compromisos. Hoy también sabe que le gustan las largas caminatas, que conoce perfectamente esta ciudad, que cuida su alimentación evitando las tortillas y que de verdad no duerme con cualquiera.  

Cual novata es ella en esto del mercado informal del amor, si bien no puede evitar preguntarse por qué 120 se resiste a la entrega total, Aída ha asumido su condición de mujer atípica y juega a la posmodernidad resignándose a recibir amorosamente a este cautivador xalapeño, de la forma y en las fechas que él disponga. Sin embargo de pronto le gana el malestar y con cierto dolor me dice “este perro nomás no me da el sí”.

Yo le digo que el problema es que este displicente seductor, no deja de ser macho y los machos invariablemente se dan en materia, pero cuesta que entreguen el alma.

Sigo admirando –y envidiando-  la certeza de Aída respecto a la magia, así como su paciencia para recibirla. Mujeres como ella me recuerdan que tenemos el derecho cósmico de aspirar a un perfecto desenlace hollywoodense, aunque en el camino nos sometamos a las cómodas pero agrietadas relaciones abiertas.

A manera de confesión, debo declarar que cual neurótica que soy y aún entendiendo e incluso compartiendo esta debilidad, la verdad es que yo en su lugar, le quitaba lo inestable y lo vago a este señor perro, inscribiéndolo  en el curso de entrenamiento que ofrece mi veterinario, que seguro le enseña a obedecer y a dormir en un solo lugar.

junio 2010/ Xalapa, Ver.

      

 

2 comentarios:

anitaembrollo dijo...

:( :'( conmevedora, me encanto!! ojala y ya de el si 120

perla marina dijo...

La historia (sin final aún) es una de las más entrañables que he leído en cuanto a la relación animal/humano.
¿Por qué no sigues el consejo de Fernanda para que 120 al fin decida quedarse a tu lado? Me imagino que le quieres dar su espacio, que siga disfrutando de su libertad. Callejero por derecho propio, como el de la canción de Alberto Cortés. Pero contigo estaría protegido, cuidado, y seguramente lo llevarías a pasear para que no extrañara sus días de "callejero".